sábado, 18 de enero de 2014

CUENTO

"NUNCA RETES AL MAL"

AUTORA: ESTEFANÍA CAMPOS FRAGOZO

Han pasado ya varios meses desde lo ocurrido pero lo recuerdo todo como si hubiera sido ayer. Los sonidos, sombras y gritos, todas esas sensaciones de aquel día llenan aun mi corazón y mis sentidos de profundo terror, me transportan una y otra vez a mi pasado.
Aquella era una noche de verano, me encontraba con mis amigos pasando unos increíbles días en un hermoso bosque con un gran lago con agua tan cristalina que podíamos ver nuestro rostro reflejado en él. Éramos el grupo de veinteañeros de siempre: con locuras, deseos y ganas de comerse la vida, ya sabes, amigos desde pequeños y compañeros en las buenas y en las malas. Después de un largo día repleto de emociones, nos reunimos para comernos una deliciosa cena, y siguiendo la costumbre, terminamos la noche  con un buen rato de charla. En aquella ocasión compramos de todo un poco: refrescos, golosinas y mucho alcohol, con los que pretendíamos alegrar la velada. Dejando atrás las pláticas animadas y las bromas, comenzamos con las historias de terror, ya sabes, esas historias tontas pensadas para asustar a los niños y a los creyentes, y como todas ¡absurdas siempre! O al menos así me pareció en aquél momento.
La noche era fría, tétrica a mi parecer. Sin luna que reflejara su bello esplendor y el cielo totalmente negro. El viento hacía que las llamas de la fogata se movieran como queriendo ascender hacia el infinito. Se veían apenas las tiendas de campaña y las primeras líneas de árboles desde donde estábamos acampando.
Como en todos los grupos de amigos, siempre encontramos al que es  miedoso y susceptible a las cosas paranormales. Recuerdo bien cuando mi mejor amiga Clara, ya muy borracha, comenzó a hablar de la vida y de la muerte, de duendes y fantasmas. Los demás solo nos reíamos de las tremendas cosas sin sentido que decía, hasta que de repente, se tornó un gran silencio alrededor de la fogata. ¡Ella comenzó a gritar como loca!
- ¡Suéltenme, suéltenme!  
Todos creíamos que solo estaba fingiendo, digo ¿quién podría creer que en verdad alguien la estaba dañando si estaba hasta el tope de borracha? Minutos después se tranquilizó y solo pronuncio algunas palabras antes de desplomarse de tan borracha que estaba.
Las caras y gestos se tornaron serios y la charla pasó a ser áspera. De pronto el graciosito de Juan, ya muy ebrio, comenzó a gritar:
- ¡Si existe Lucifer, algún fantasma o espíritu, que venga por mí, llévenme!  Yo no creo en esas tonterías,  en lo único que creo es en lo que puedo ver, y esas cosas del mal como ustedes dicen fueron creadas para sembrar miedo y terror en la gente, historias que solo pasan de generación en generación, así que repito una y mil veces: ¡si en verdad existe el mal que venga por mí!...
Solo reímos de las babosadas que decía Juan, como siempre haciéndose pasar por el valiente al que nada lo asusta.
Poco después y sin podernos ponernos de pie por tremenda borrachera, llegamos a rastras y nos desplomamos en nuestras tiendas de campaña. En cuestión de segundos nos quedamos profundamente dormidos.
A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza espantoso, nos despertamos y enseguida nos reunimos para preparar las actividades del nuevo día y conseguir que alguien estuviera en condiciones para preparar un desayuno decente.
Susana y yo fuimos por agua al lago para prepararnos un café muy cargado para aquel dolor, cuando de repente comenzamos a escuchar gritos de horror. Corrimos de inmediato hacia las tiendas para ver qué había pasado.
Cuando al fin llegamos fue como si el tiempo se hubiera congelado. El viento soplaba más fuerte que nunca y el sol se ocultó bajo las nubes, el silencio y el terror se adueñaron de todo. Mis intentos por creer que lo que estaba viendo no era real eran inútiles. Una fuerte sensación de miedo invadía mi alma al ver a Juan con marcas en todo su cuerpo, colgado de un árbol, y debajo de él escrito con su propia sangre se leía: ¡No creías en mí, aquí tienes la prueba!
Todos con lágrimas en los ojos estábamos perplejos por la espantosa escena que estábamos  viendo.  ¡No podía ser Juan! ¿Acaso era una broma? Todos queríamos pensar eso. Fue Oscar el que se atrevió a acercarse para asegurarse de los que nuestros ojos veían.
Clara no dudo que el culpable había sido Juan por haber retado al mal, pero ¿tendría razón? ¿El mal fue el culpable de tremenda atrocidad?
Jamás supimos que fue lo que en realidad paso y es algo que siempre tendremos en nuestra mente, ese terrible recuerdo de su cuerpo ensangrentado que hasta la fecha me pone los pelos de punta.  

Hoy en día no tomamos todo tan a la ligera, cambiamos un poco nuestras creencias sobre las cosas paranormales. Ya nadie habla del tema, aún no sabemos qué pasó aquella vez, pero un consejo te daré: nunca retes al mal pues no querrás experimentar esa espantosa incertidumbre que te acompañara toda la vida.

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