"NUNCA RETES AL MAL"
AUTORA:
ESTEFANÍA CAMPOS FRAGOZO
Han
pasado ya varios meses desde lo ocurrido pero lo recuerdo todo como si hubiera
sido ayer. Los sonidos, sombras y gritos, todas esas sensaciones de aquel día
llenan aun mi corazón y mis sentidos de profundo terror, me transportan una y
otra vez a mi pasado.
Aquella
era una noche de verano, me encontraba con mis amigos pasando unos increíbles días
en un hermoso bosque con un gran lago con agua tan cristalina que podíamos ver
nuestro rostro reflejado en él. Éramos el grupo de veinteañeros de siempre: con
locuras, deseos y ganas de comerse la vida, ya sabes, amigos desde pequeños y
compañeros en las buenas y en las malas. Después de un largo día repleto de
emociones, nos reunimos para comernos una deliciosa cena, y siguiendo la costumbre,
terminamos la noche con un buen rato de
charla. En aquella ocasión compramos de todo un poco: refrescos, golosinas y mucho
alcohol, con los que pretendíamos alegrar la velada. Dejando atrás las pláticas
animadas y las bromas, comenzamos con las historias de terror, ya sabes, esas historias
tontas pensadas para asustar a los niños y a los creyentes, y como todas ¡absurdas
siempre! O al menos así me pareció en aquél momento.
La
noche era fría, tétrica a mi parecer. Sin luna que reflejara su bello esplendor
y el cielo totalmente negro. El viento hacía que las llamas de la fogata se
movieran como queriendo ascender hacia el infinito. Se veían apenas las tiendas
de campaña y las primeras líneas de árboles desde donde estábamos acampando.
Como
en todos los grupos de amigos, siempre encontramos al que es miedoso y susceptible a las cosas
paranormales. Recuerdo bien cuando mi mejor amiga Clara, ya muy borracha,
comenzó a hablar de la vida y de la muerte, de duendes y fantasmas. Los demás solo
nos reíamos de las tremendas cosas sin sentido que decía, hasta que de repente,
se tornó un gran silencio alrededor de la fogata. ¡Ella comenzó a gritar como
loca!
- ¡Suéltenme,
suéltenme!
Todos
creíamos que solo estaba fingiendo, digo ¿quién podría creer que en verdad alguien
la estaba dañando si estaba hasta el tope de borracha? Minutos después se
tranquilizó y solo pronuncio algunas palabras antes de desplomarse de tan
borracha que estaba.
Las
caras y gestos se tornaron serios y la charla pasó a ser áspera. De pronto el
graciosito de Juan, ya muy ebrio, comenzó a gritar:
-
¡Si existe Lucifer, algún fantasma o espíritu, que venga por mí, llévenme! Yo no creo en esas tonterías, en lo único que creo es en lo que puedo ver, y
esas cosas del mal como ustedes dicen fueron creadas para sembrar miedo y
terror en la gente, historias que solo pasan de generación en generación, así
que repito una y mil veces: ¡si en verdad existe el mal que venga por mí!...
Solo
reímos de las babosadas que decía Juan, como siempre haciéndose pasar por el
valiente al que nada lo asusta.
Poco
después y sin podernos ponernos de pie por tremenda borrachera, llegamos a rastras
y nos desplomamos en nuestras tiendas de campaña. En cuestión de segundos nos
quedamos profundamente dormidos.
A la
mañana siguiente, con un dolor de cabeza espantoso, nos despertamos y enseguida
nos reunimos para preparar las actividades del nuevo día y conseguir que
alguien estuviera en condiciones para preparar un desayuno decente.
Susana
y yo fuimos por agua al lago para prepararnos un café muy cargado para aquel
dolor, cuando de repente comenzamos a escuchar gritos de horror. Corrimos de
inmediato hacia las tiendas para ver qué había pasado.
Cuando
al fin llegamos fue como si el tiempo se hubiera congelado. El viento soplaba
más fuerte que nunca y el sol se ocultó bajo las nubes, el silencio y el terror
se adueñaron de todo. Mis intentos por creer que lo que estaba viendo no era
real eran inútiles. Una fuerte sensación de miedo invadía mi alma al ver a Juan
con marcas en todo su cuerpo, colgado de un árbol, y debajo de él escrito con
su propia sangre se leía: ¡No creías en mí, aquí tienes la prueba!
Todos
con lágrimas en los ojos estábamos perplejos por la espantosa escena que
estábamos viendo. ¡No podía ser Juan! ¿Acaso era una broma?
Todos queríamos pensar eso. Fue Oscar el que se atrevió a acercarse para
asegurarse de los que nuestros ojos veían.
Clara
no dudo que el culpable había sido Juan por haber retado al mal, pero ¿tendría
razón? ¿El mal fue el culpable de tremenda atrocidad?
Jamás
supimos que fue lo que en realidad paso y es algo que siempre tendremos en
nuestra mente, ese terrible recuerdo de su cuerpo ensangrentado que hasta la
fecha me pone los pelos de punta.
Hoy
en día no tomamos todo tan a la ligera, cambiamos un poco nuestras creencias
sobre las cosas paranormales. Ya nadie habla del tema, aún no sabemos qué pasó
aquella vez, pero un consejo te daré: nunca retes al mal pues no querrás
experimentar esa espantosa incertidumbre que te acompañara toda la vida.
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